A ver qué encuentras...

sábado, 1 de enero de 2011

Por encima de mi hombro.

A petición de A he decido subir un relato, muchos (al menos los más cercanos) ya lo habéis leído, por lo que estáis exentos. A los demás os diré que es algo largo, por lo que si queréis también estáis “perdonados” por no leerlo. Según entendí a los del concurso si lo colgaba en algún sitio debía hacer alusión a ellos, de modo que os digo que el relato quedó tercero en el Concurso de Maripuri Express. (Creo que lo estoy poniendo mal, me da a mi, por lo que lo colgaré sólo unos días)



¡¡Quiero criticas!! Y malas a poder ser (que hay que aprender)

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Supongo que lo mejor es que me presente. Sobre todo si vas a leer mi historia. Me llamo Daniela, tengo 23 a os y vivo en Madrid. Concretamente, en Torrejón de Ardoz. Y me encanta leer.


Desde hace unos cinco años, todas las mañanas hago el mismo trayecto. Todas, excepto los domingos, y, aunque parezca raro, ya casi me conozco a la gente con la que coincido cada día.
Siempre subo en el mismo vagón, el tercero empezando por la cola, que es el que más cerca está de mi salida. Como yo, esa gente sube cada mañana en el mismo compartimento.
Te pongo en situación. En él van una madre y sus dos hijos. Ella va siempre arreglada, perfectamente maquillada y oliendo a un exclusivo perfume, y sus hijos, recién peinados y bastante relajados para su edad (ninguno de los dos aparenta superar los seis años). Cada día que les veo me pregunto a qué hora se habrán levantado.

Una muchacha más joven que yo (calculo que de unos 20 años), con el pelo castaño y alborotado. Me atrevo a asegurar que ella madruga menos para peinarse. Viste de forma moderna, con pantalones caídos y camisetas con dibujos originales. Siempre va leyendo y me llama la atención que forre todos sus libros con papel de periódico, no sé si para conservarlos o para que nadie sepa lo que lee.

Unos compañeros de trabajo. Sé que lo son porque siempre hablan de lo sucedido el día anterior en su empresa. Él es moreno, atractivo y viste con estilo; ella también es muy guapa, tiene unos ojos grandes y unos labios perfectamente perfilados. Juraría que él la desea, porque le dirige una mirada brillante y con demasiada frecuencia se le van los ojos a sus labios, a pesar de sus manifiestos intentos por evitarlo.

Estoy realmente convencida de que desea besarlos y ella ni siquiera se ha percatado. En ocasiones, cuando él habla, ella mira distraídamente en otra dirección. Me pregunto qué pasaría si él le confesara lo que siente.

El señor mayor es mi preferido. Por su edad, deber a estar jubilado. De hecho, tal vez lo esté. Pero cada mañana, a la misma hora (temprano, he de añadir), coge el mismo tren que yo. Me pregunto qué tendrá que hacer a esas horas.

Es sumamente caballeroso, cede el asiento a cualquiera y, si se encuentra junto a la puerta, pulsa el botón para abrirla si alguien quiere salir. Me encanta que existan hombres así.

Al fondo del vagón siempre se coloca un pequeño grupo de amigos. Según va haciendo paradas el tren, se van incorporando nuevos miembros. Tanto los chicos como las chicas visten uniforme de escuela, hablan alto y se ríen a carcajadas, y, aunque muchas mujeres les miran recelosas o intentan fulminarlos con la mirada, me gusta verles tan contentos desde por la mañana. Sobre todo a esas horas en las que sólo piensas en lo a gusto que estarías en tu cama.
Evidentemente, hay mucha más gente en el vagón, cada día sube y baja mucha gente de él, unos tristes, otros con sueño, algunos contentos e, incluso, alguno que ha bebido más de la cuenta. Hay de todo, pero durante este tiempo han sido los arriba descritos los que más han llamado mi atención.
Mi trayecto dura una media hora. Subo en Torrejón y bajo en Atocha. Normalmente voy leyendo, pero hay días en los que el cansancio me vence y me paso el camino mirando sin ver.

Hace un tiempo, iba en el tren cuando subió él. En un primer momento no me percaté, por lo tanto no sabría decir en qué parada subió. Yo estaba cautivada por mi última adquisición literaria, a lo que hay que añadir que suelo leer con los cascos puestos, música lenta y bajita que me ayuda a aislarme del murmullo que me rodea y a concentrarme más en mi lectura.

Se acercó a mí y, con una sonrisa, me preguntó si estaba ocupado el asiento contiguo.Le miré un instante para decirle que no, que estaba libre, o al menos eso creía yo. Volví la vista al libro que ten a entre mis manos, sin hacerle el menor caso.

En algún momento noté como, a medida que avanzaban las estaciones, él iba aproximándose más a mí, hasta alcanzar a leer por encima de mi hombro. Aquel día iba leyendo un libro conocido, de esos que los autores, tras conseguir un notable éxito con la primera entrega, alargan con un segundo volumen. Pero yo aún iba por la primera parte. Al principio pensé que era simple curiosidad, ya que, a veces, la gente se aburre soberanamente e intenta leer lo que tiene entre manos su vecino de asiento (aunque nunca he entendido muy bien el por qué de ese interés). Entretanto, llegué a mi parada y, como de costumbre, salí disparada, con el bolso en una mano y haciendo malabares con el mp3 y el libro en la otra, intentando no dejarme nada por el camino.

A la mañana siguiente volví a mi ritual. Esta vez casi pierdo el tren, pero lo cogí por los pelos. Una vez sentada, empecé a sacar todos mis bártulos y retomé mi lectura. Tras unos minutos, noté que alguien se sentaba a mi lado y que poco a poco se acercaba a mí.

Por el olor percibí que era el mismo chico que el día anterior, pero no llegué a girarme, ya que le tenía tan cerca que me ruborizaba la idea de poder darme de bruces con él. Siguió leyendo por encima de mi hombro, y yo, al igual que la mañana anterior, le dejé. Al llegar a mi parada volví a salir con prisa, pero esta vez me dio tiempo a girarme levemente, lo suficiente para poder verle. No sé si fue mi imaginación, pero estoy casi segura de que me sonrió.

Era moreno, alto y de espaldas anchas. Tenía una sonrisa blanca y perfecta, de esas que crees que sólo existen en la televisión, que hacía juego con sus ojos negros, intensos y dulces a la vez.

Durante un par de semanas los acontecimientos se repitieron sin variaciones. Empezaba a ser una costumbre: yo buscaba dos asientos libres para que cuando él subiese pudiera sentarse a mi lado, embriagarme con su perfume y seducirme por la proximidad de su respiración.

A lo largo de esos días no nos dirigimos la palabra ni nos miramos,  hasta que yo abandonaba el vagón a toda prisa y me giraba en la puerta para sonreírnos.

He de reconocer que empecé a tomar mayor conciencia de cómo iba vestida y peinada.
Alguna vez llegué a pensar que quizás me despertara a la misma hora que la madre y los niños de mi vagón. Dedicaba más tiempo a cepillarme el pelo, me maquillaba ligeramente y usaba el mejor de mis perfumes. Esto hacía que poco a poco me fuese sintiendo más segura, más guapa y, por qué no decirlo, más sexy.

Los días pasaban y yo avanzaba en mi lectura. El libro estaba casi llegando a su fin.

Una mañana, cuando pasaba una hoja, me rozó levemente la mano y, dirigiéndome una espléndida sonrisa, me dijo: “Aguarda un momento antes de pasar la página, que es la penúltima y aún no he terminado”.

El roce de su mano sobre la mía me provocó un vuelco del corazón, que empezó a latir más rápido de lo que jamás había llegado a imaginar. Durante un instante pensé que si hablaba se me iba a salir por la boca, por lo que no dije nada. Me hubiese encantado dirigirme a él, ser capaz de presentarme o de decirle cualquier cosa, pero en el momento en el que empecé a serenarme sonó el pitido que anunciaba el cierre de las puertas del vagón, lo que hizo que levantara la vista y saliera de mi ensimismamiento, reaccionando con el tiempo justo para salir corriendo y apearme en mi estación. Esta vez no me dio tiempo a girarme para verle.

Estuve toda la mañana dándole vueltas, recordando la situación, imaginando qué podría haberle dicho, fantaseando con la conversación que podríamos haber mantenido.Finalmente llegué a la conclusión de que no sabía qué iba a decirle al día siguiente, pero estaba decidida a no dejar pasar otra oportunidad: tenía que decirle algo.

Esa mañana me desperté más temprano de lo habitual, tal vez porque los nervios cumplieron la función del despertador. Elegí con cuidado mi ropa: una camiseta azul con un escote discreto en forma de V y unos vaqueros algo desgastados pero que seguían sentándome igual de bien que el primer día. Me maquillé a í á í conciencia, me puse algo más de máscara de pestañas, un toque de colorete (mientras lo hacía me sonreí al pensar que seguramente no me hiciera falta al verle) y el perfume más exclusivo que tenía, aquel que sólo uso en ocasiones muy especiales.

Nerviosa como si tuviese un examen en el que me jugase todo, busqué, como de costumbre, los dos asientos libres. Al poco, entró y me puse aún más nerviosa. Ese día no llevaba libro, pero de todas formas mantuve la mirada baja. No tenía muy claro qué decirle, a pesar de que desde el día anterior había repetido una y otra vez cada palabra, hasta memorizarlas.

En ese instante, el vagón frenó en seco. Estábamos atravesando un túnel y durante unos segundos nos quedamos a oscuras. Cuando volvió la luz y reanudamos el trayecto, yo seguía con la mirada fija en el suelo.

Por fin me armé de valor para soltarle todo aquello que había estado preparando. Me giré hacia él y… ¡no estaba! “¡No está! ¿¿Dónde se ha metido??” grité en mi interior, contrariada.

En ese momento, alguien me rozó el hombro y me giré esperanzada. “Es él”, pensé. Pero no, no era él. Era la joven que veía cada mañana con su libro forrado, que me sonrió y me dijo: Perdona, ¿es tuyo el libro? ¿Está libre el asiento?”. No entendí qué me decía, por lo que me giré siguiendo la dirección que señalaba su mano, hacia su asiento, el de él. Ahí estaba la segunda parte de mi novela.

Mientras la chica me observaba, me limité a coger el libro con una expresión confusa que dudo que ella percibiera, ya que se sentó y se sumergió en la lectura que ocultaban las páginas del periódico.

Tras recuperarme de la sorpresa inicial, abrí la primera hoja. En ella había una dedicatoria. “Bueno, algo es algo”, pensé. Con una perfecta caligrafía estaba escrito:

Me ha encantado releer contigo mi libro favorito. Ésta es la segunda parte. Dejo que la leas sola. Te gustar a n m s que la primera. Gracias por compartir conmigo tus mañanas.
Tu fiel compañero de viaje, L.

Recorrí cada letra con mis dedos, añorándole, intentando entender por qué se había marchado. Cerré el libro. La siguiente era mi parada, así que cogí el bolso en una mano y el libro en la otra, y, al bajarme, miré hacia atrás instintivamente, pero junto al hueco que yo había dejado seguía sentada la misma chica.

Pasé el resto del día dándole vueltas a lo que podría haber pasado.

A la mañana siguiente volví a despertarme ilusionada: le daría las gracias, sin duda, por aquel inesperado regalo. ¿Seguiría leyendo por encima de mi hombro? Después de las gracias, ¿hablaríamos de algo? ¿Qué nombre se esconde detrás de esa inicial? A pesar de releer una y otra vez la dedicatoria, no me había percatado de la parte que rezaba “Dejo que la leas sola”.

Volví a rebuscar en mi armario una prenda que resaltara algo de mí. Volví a maquillarme cuidadosamente y a usar el perfume de las ocasiones importantes. Volví al andén. Volví al vagón. Le guardé un sitio junto al mío y comencé a leer su novela (ahora mía, nuestra). Pero él no volvió.
Ni aquella mañana ni las siguientes.
Todas estas mañanas he guardado su asiento junto al mío, pero no ha vuelto. Empecé a leerme otro libro, a pesar de las ganas que tenía de leer la novela, pero realmente sin él perdía, no tenía ganas de seguir la historia.

Fueron pasando las semanas y poco a poco dejé de tener esperanzas de verle, dejé de arreglarme tanto y he vuelto a la monotonía de mis compañeros de viaje fieles de verdad. También he dejado de mirar atrás al cerrarse las puertas en mi parada.

Una mañana al salir de casa me acordé de que el día anterior había terminado el libro que estaba leyendo y como no tenía ningún otro a mano cogí el suyo, bueno, el nuestro de alguna forma.

Había pasado algo de tiempo y a pesar de que seguí acordándome de él, la lectura empezó a engancharme.

Hoy, al volver a casa he terminado el libro. Me he llevado una grata sorpresa, tras la última página había algo escrito a mano:

Ahora no nos dará tanta vergüenza hablarnos, tenemos un tema del que partir, la novela. Siempre había sido mi preferida, pero compartirla contigo ha hecho que aún me guste más, casi tanto como tú. La espera se me ha hecho interminable, pero me alegro de que la hayas terminado. Dime que parte te ha gustado más...
6895325821 Lucas.

El corazón se me ha parado, mis pulmones han olvidado volver a llenarse de aire y las manos han empezado a sudarme. Por un segundo he mirado a mi alrededor, buscándole, como sí acabase de escribir aquello y aun estuviese ahí. No estaba. Y el pitido que aquel día tanto odié, ha vuelto a sonar y yo, he tenido que volver a correr para bajarme en mi parada. Esta vez, no me he girado al salir. Sabía que no estaría.

Durante el camino a casa, no he parado de sopesar qué hacer. Hace ya un par de meses que me dejó el libro en el asiento. “¿Pensará que no me interesa? Tal vez ya ni siquiera tenga ese teléfono. ¿Y si fue algo pasajero? ¿Y si, al pasar los días, se ha dado cuenta de que fue una locura?”. Mil y una preguntas se me han pasado por la cabeza desde que leí la nota del final.

Ahora estoy en mi cuarto, tumbada en la cama, pensando que decirle cuando descuelgue. Va por el segundo tono...

23 comentarios:

  1. Sé que yo estaba exenta, pero no he podido resistir la tentación de leerlo de nuevo porque me sigue encantando la historia :-)

    Espero que hayas entrado en el nuevo año sin atragantamientos que lamentar y todos muy guapos :-P

    Besos y abrazos.

    Por cierto, creo que si citas el concurso y lo enlazas a la página es suficiente.

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  2. No he enlazado la página, servirá? tampoco me apetecía poner mil datos :)
    Este relato es parte tuya, de modo que es normal que te encante :P yo a veces lo releo y ni me pega, lo sé. jajajajjaja.

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  3. Lo que me encanta es la historia, mi parte es secundaria, muy secundaria, y sin ninguna importancia. Y ya sabes que una cosa es "ser" y otra "escribir".

    Como te he dicho, citándolo (concurso tal, año y enlace) sirve. Tampoco es mucho curro, perezosa, que sólo es poner un link... jajajaja.

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  4. Te estoy leyendo a trozos (MÓNICA me interrumpe - mala pécora, jajaja). A la noche te comento, vale?

    ¿Has cantado con moderación? ;)

    Un besote

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  5. Pava, con un link salen datos que no quiero que salgan... :P

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  6. He cantado sin tener voz, creo que eso no es modreación jajajajajja.
    Es una lectura simple (no sé ser compleja) un besiito.

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  7. Cierto... pues sí, déjalo así y en unos días lo quitas. Muack!

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  8. Aro... puf tengo que ponerme a hacer las manualidades de los amigos invisibles..¿¿por qué me meto en estos jardines????

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  9. Porque te encanta meterte en jardines. Punto. Si ya te tengo dicho que lo mejor es no tener amigos... jajajaja

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  10. Lo sé. Lo malo viene cuando me creo "creativa" y me doy cuenta de que no. jajajajja la cago. Creo que tanto mensaje aquí deja claro que QUIERO QUE TE HAGAS UN MSN YA!!!

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  11. Ya sabes que me niego a estar tan localizable...

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  12. Hola guapa, que bonito el relato. Sigues siendo la mejor en esto... no lo dejes nunca.
    Espero que estes mejorcilla, y este 2011 que comienza te traiga todas las cosas buenas que mereces.
    Un besazo enorme

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  13. ¿Largo?, para nada. Querías críticas, pues te las tengo que dar (lo siento):
    ¡no puedo!, es buenísimo....

    Me encanta la situación recreada tan romántica, el enigma de Lucas, los adornos que les pincelas a los personajes.

    Ana, quedaste la tercera (entre los millones de participantes que se presentaran) y es un puesto buenísimo.

    Un besazo.

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  14. Damaris!!! Cuanto sin saber de ti corazón, espero que esteis los dos genial!! si teneis hijos u os casais, avisadme!! un besoooo

    Towanda, es larguete para ser un post.Fijate como cambias las cosas ahora creo que no podría escribir algo así. (Que conste que a mí me gusta el resultado mucho) Y no eramos millones!! jajajajja creo que eramos 600.
    UN besazooo

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  15. Ana, en serio, que es muy buena historia... ¿larga? no tanto porque está muy bien ambientada y muy bien contada. 600 o más qué más da (en la maraton sería un bronce).

    Ah!, chiki, revisa el título... (enicma)

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  16. Ni me había fijado! Gracias. Por cierto olvidé decir que al pasarlo del pdf a aquí se descuadró todo y puede que haya alguna palabra mal escrita.se me volvió todo loco.

    Me alegro de que te guste niña

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  17. Ana, es genial, ¡me ha encantado! mil gracias por ponerlo!

    No tengo críticas que hacer
    Dudas si que tengo... Y es sobre a quien le dieron el primer premio y que relación tenía con el jurado :)

    A

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  18. Ya sabes que siempre he pensado que era genial y que no tengo ninguna pega :)

    Feliz año fea.

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  19. Ufff... Qué pasada!!! Con esto te lo digo todo, verdad, ANA?

    Perdona que te haya dejado el comment tannnnn tarde. Por aquí, cuando se complica una cosa, se complica de verdad...

    Un besazo

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  20. A, jajajja Gracias, a mi el primer premio no creas que me gustó demasiado, pero el segundo, me pareció la mar de original. Un besito y feliz cumple

    Torcuata! ya sé que no tienes pegas, tú eras de las exentas :P Un besoooo

    Audrey me alegro de que te guste, Un besote.

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  21. Me parece COJONUDO, enhorabuena Ana.

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  22. Buenooooo, Pepinillo, cada dia me sorprendes mas... Me ha encantadooooo. Espero k el tipo coja el movil, jajajajaja y k se vayan a... hacer el amor rapidamente, jajajajajaja.
    No leo mucho y este relato me ha enganchado. Mola de verdad.
    ;-)

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