A ver qué encuentras...

martes, 26 de octubre de 2010

Carlos rebuscaba por la habitación, lanzando ropa a diestro y siniestro, levantando papeles y descolocando cojines. ¿Dónde coño estará el maldito teléfono? Desesperado decidió gritar y patalear cual niño pequeño, sabía que así no lo iba a encontrar pero al menos liberaría la tensión del momento, justo en ese instante el teléfono sonó. ¿Seré idiota? ¿Cómo no se me había ocurrido llamarme con el teléfono fijo?, tardó un par de segundos en encontrarlo, estaba en el bolsillo derecho de su chaqueta, la cual se encontraba extendida por el suelo tras su lanzamiento de ropa.

- ¿Si?

- ¡Carlitos!, soy Sergio…

- ¿Sergio?

- Sí, Sergio, Sergiete… Macho… Sergiete el del Picasso.

- ¡Coño, Sergiete! Pero ¿Cuánto hace que no nos vemos?

- Uff, he perdido la cuenta ya. Te llamaba por eso, estoy organizando una fiesta, para los antiguos alumnos del Colegio Picasso. ¿Te apunto, verdad?

- ¡Claro! ¿Cuándo es?

- El próximo viernes, te mando toda la información a tu correo.

- Hecho.

- Un abrazo amigo

- Otro.

Cuando Carlos colgó, ya no recordaba para qué buscaba con tanto ímpetu su móvil. Sergiete, cuánto tiempo sin saber de él. ¿Cómo estará? ¿Y los demás? ¿Habrán cambiado mucho? Él lo había hecho. Y no sólo físicamente.
Rebuscó entre su ya caótica habitación y bajo algunos papeles encontró un viejo álbum de fotos. Ahí estaban todas las fotos de sus años de colegio, excursiones, representaciones, todo.
Apartó la ropa de su cama y se desplomó en ella boca arriba, con el álbum sobre su pecho, cada foto iba unida a un recuerdo. ¿Qué sería del resto de la pandilla? Le costaba incluso recordar algunos nombres y tan solo habían pasado 20 años. ¿A caso eran tantos?, se detuvo en una foto de clase. Recordó casi cada cara al verla, cada sensación, su colegio, su clase. Y hasta la recordó a ella. En la foto aparecía junto a un par de chicas, amigas supuso, porque realmente de ellas no se acordaba. Sólo de una, de Paula. Morena de ojos grandes y expresivos. Era guapa, guapísima. La chica más risueña que había visto jamás, la más sensible, y la más… ¡Rara! Por un momento revivió un episodio vivido 20 años atrás.

- Hola Paula

- Ah, hola Carlos, no te vi.

- Jeje, normal, con ese libro tan gordo entre manos, ¿Te obligan a leerlo?

- ¿Obligar? No, lo leo porque me gusta, siempre me ha gustado.

- ¿Ya lo has leído? – preguntó algo contrariado.

- Si, claro.

- Umm, ¿Y para qué lo lees si sabes el final?

- Porque cada vez que lo leo me fijo en una historia nueva del libro, en un detalle que antes había pasado desapercibido. – Carlos, tímido no supo qué contestar a eso, era algo raro, si, pero la pasión con lo que ella lo había dicho, sus ojos. Ojala algún día sus ojos brillaran así por él.

- Esto… Paula, que… quería decirte…. – Carlos comenzó a ponerse nervioso y a notar como toda la sangre de su cuerpo acudía a sus mejillas.

- ¿Sí, Carlos?

- Me gustas. – Soltó sin pensárselo dos veces. Paula le miró a los ojos, algo sorprendida, sus labios levemente indicaban una o de sorpresa, que supo disimular a tiempo.

- Gracias, tú también eres genial. – Definitivamente no quedaba ni una gota de sangre que no estuviera en sus mejillas.

- He pensado, que si quieres, que… tal vez… podemos quedar y bueno… que si… - notaba como las palabras se empezaban a apelotonar entre sus labios y no pudo contenerlas.- ¡¿Que si quieres salir conmigo?! – Pillo a Paula por sorpresa, por lo que tras unos segundos en silencio le miró fijamente.

- No sé si es una buena idea, hagamos algo, ¿vale? Dejémoslo al azar.

- ¿Cómo hacemos eso?

- Mira, cada día abro el cajón de los calcetines y con los ojos cerrados cojo dos, al azar, unas veces son la pareja y otras no. El día que abra el cajón y los calcetines sean pareja, tú y yo también lo seremos. ¿Qué te parece?

- Umm, bueno… supongo que es mejor que nada… - Dijo Carlos tímido y avergonzado ante aquel rechazo, Paula lo notó y se acercó a él, dándole su primer beso, suave, dulce y delicado, posando sus labios ligeramente sobre los de él, tras el beso le susurró al oído:

- Estoy deseando que sean pareja.



Carlos sonrió al recordarlo, qué rara era. Durante meses, años, Carlos miraba a diario los tobillos de Paula, deseando cada día que fueran del mismo color. Dos años más tarde Carlos se mudó y con él toda esperanza de tenerla. ¿Qué sería de Paula? ¿Estaría también en la fiesta?

Su móvil volvió a sonar y le sacó de su letargo, había quedado y llegaba tarde. Lanzó el álbum a un rincón del cuarto, total, una cosa más.

El viernes por la mañana Carlos recibió un e-mail:

Carlitos, soy Sergiete.
Te paso la dirección de la fiesta
C/ Sinrumbo nº 7.
Estoy deseando verte, la fiesta es a las 11, no faltes, estaremos todos.

Había olvidado por completo la cita con sus ex compañeros, menos mal que Sergio estaba al tanto de todo. Salió tarde de trabajar, con el tiempo justo de darse una ducha rápida, cenar algo, imprimirse la dirección de la fiesta y dirigirse allí.

Al llegar le abrió Sergio, estaba igual el muy cabrón, más guapo si cabe, siempre fue alto y corpulento. Le saludó con un fuerte abrazo, en el mismo instante que se abrazaban se dio cuenta de que nada había cambiado, seguía siendo su amigo Sergiete.

Entró en la fiesta y fue saludando a unos y otros, algunos más guapos, otros más altos, más viejos, más gordos, más calvos, había de todo, pero en el fondo reconocía a todos sus compañeros, las sonrisas no habían cambiado.

Se acercó a un grupo por el que aún no había pasado. El de las chicas, a algunas no las recordaba, se estaba presentando cuando una de ellas volvió del baño, con su melena negra, sus ojos enormes y brillantes a la par, y aquella sonrisa, por un momento Carlos notó como el calor se le acumulaba en las mejillas, era ella, sin duda. Cuando Paula le vio sus ojos brillaron con más intensidad, se alegró y le dio el abrazo más largo, sincero y tierno que él había sentido en aquella fiesta. Tenerle entre sus brazos le hizo sonrojarse aún más, olía dulce, deliciosa. Tras separarse del abrazo ella continuó sujetándole la mano. Aquel contacto con su piel le estremecía. Rieron y comentaron cosas del colegio, situaciones absurdas, profesores, aquel pequeño corro se fue uniendo gente, en algún momento las manos de ambos se soltaron para saludar a un nuevo componente y no volvieron a unirse más.

Carmelo y Rubén se acercaron a Carlos y entre abrazos y bromas se le llevaron a la barra a tomar algo juntos.

La fiesta cada vez estaba más llena y la alegría de todos por volverse a ver hizo casi imposible mantener una conversación demasiado íntima con nadie, todos querían saber de todos.

Sobre las 5, Carlos borracho y cansado decidió retirarse de la fiesta, buscó con anhelo a Paula pero no la encontró, se había marchado ya. Tras recoger sus cosas, teléfonos y correos del resto de sus compañeros, se despidió de los que aun quedaban y se marchó a casa.

Los días siguientes intentó ponerse en contacto con sus compañeros, tenía los datos de muchos de ellos, pero de Paula no. Intentó localizarla pero por más que lo hacía no daba con ella. Nadie había guardado su teléfono.

Aquel martes Carlos volvía a casa más cansado de lo normal, el día había sido bastante largo en el trabajo y necesitaba tumbarse y dejarse llevar viendo algún partido en la tele. Aparcó el coche calle abajo, así andaba un poco, al llegar a su portal vio una chica sentada en él. A medida que se acercaba la silueta de la muchacha le parecía familiar. Cuando se acercó, notó como se sonrojaba, era ella. ¿Qué haría allí? Estaba sentada en las escaleras del portal, con un gran libro entre sus manos.

- ¿Paula?

- ¡Carlos!, no te vi llegar.

- Claro, con ese libro entre las manos. – sonrió al comprobar que no había cambiado nada.

- ¿Y qué haces aquí?

- Pues, he venido a verte.

- ¿A mi? ¿Cómo has sabido dónde...- abandonó la pregunta al ver la cara de ella, esos ojos, esa mirada que tantas veces había visto, esa sonrisa, realmente le daba igual cómo le había localizado, lo único importante es que lo había hecho.

- Tenía algo que decirte, espero no molestarte.

- ¿Tú nunca molestarías? – volvió a sonrojarse y por un momento ella también.

- Oh gracias, la verdad es que vine para enseñarte algo – aquella frase pilló a Carlos por sorpresa.

- Ah, ¿si?- dijo intrigado- ¿el qué?

- Esto. – dijo ella levantando ligeramente sus pantalones, dejando ver dos calcetines idénticos de color verde.

3 comentarios:

  1. Precioso. Muy muy bonito y me alegro de ser nosotros los que te demos los nombres para los dos personajes :)

    Y tengo que reconocer que ella es clavadita a mí, incluso me confundo al ponerme calcetines... jajajajajajajaja.

    Me alegro que hayas vuelto a escribir. Echaba de menos leerte.

    Un pisoton, con calcetines de colores :)

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  2. jajajjajajajj Yo también uso calcetines desparejados, total... también son útiles ¿no?, queda comprobado que el picarme a ver si te sale... al final me pica.

    Un beso gordoooooteeee pavona.

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  3. Oh, qué bonito!! Yo nunca me pongo calcetines desparejados, alguna vez me los he puesto al revés, pero nada más. Sigo un ritual al levantarme y no he cambiado nunca. Nada más levantarme, en invierno (es cuando uso los calcetines), busco en el suelo las zapatillas de estar en casa, dentro están mis calcetines, eso tan gorditos y calentitos. Da igual que vaya a la ducha directamente, tengo que ponérmelos y, al llegar al baño y ducharme me los quito (evidentemente), teniendo preparados los limpios. Soy una mujer de costumbres... mis costumbres.

    Me ha gustado muchísimo la entrada, pava. Un besotote enorme.

    Paula, besitos a ti también.

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