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viernes, 17 de septiembre de 2010

Vendedor de Palabras

Como cada día Sócrates sale de casa con la mejor de sus sonrisas por bandera, un guardapolvo marrón desgastado por el uso, largo hasta los pies, un calcetín de cada color, pues cuando se descalza y los ve, no puede evitar sonreír, y una vieja mochila de cuero algo más cargada de lo que debería.


Camina exactamente 5 minutos sonriendo a quien ve, dándole los buenos días. Coge el metro cada día eligiendo una parada al azar, unos días a ciegas, otros basándose en alguna conversación ajena. Se baja en las principales calles de Madrid. Con su mochila al hombro busca un lugar para montar su puesto ambulante. Un pequeño trapo para sentarse sobre el a veces, frío suelo, un gran tarro de cristal vacío y un cartel escrito a mano dónde puede leerse “Se venden Palabras”

Camina alrededor del puesto, ojo avizor, buscando futuros compradores. Algunos se acercan al puesto, curiosos, buscando una palabra que llevan tiempo sin tener. Otros se dejan aconsejar por aquel extravagante vendedor. Él siempre encuentra la palabra exacta para cada comprador, aquella que por unos momentos aporta una felicidad ansiada. A los tristes les vende palabras de felicidad, de ánimo, de esperanza. A los débiles de fortaleza, de valentía. A los perdidos de orientación, a los jóvenes de madurez, a los brutos de sensibilidad, a los inquietos de sosiego, debía ser un gran vendedor pues jamás le hicieron devolución alguna.

Un martes, en apariencia normal la vida de este pintoresco vendedor cambió, un cliente complicado se cruzó en su camino.

En alguna ocasión le había resultado difícil ayudar al cliente a encontrar la palabra que necesitaba, esta vez era algo distinto.

Sócrates se acercó a un caballero de mirada vacía, le explicó que él vendría aquellas palabras que la gente necesitaba porque o bien no tenían o no encontraban, a lo que el hombre, sorprendido le dijo que era una estupenda idea, que creía que le faltaba una, pero que no tenía claro cuál era. Sócrates le observó sin perder detalle, observó sus arrugas, los pliegues de su ceño, la tristeza de su mirada y aventuró:

- Tal vez la palabra que te falte sea FELICIDAD.

- No, yo he tenido esa palabra durante muchos años y sé que esa, no es.

- Vaya – dijo Sócrates – déjame que piense, ¿Y si fuera AMOR?

- Eso sí que no, Amor tengo aún, hace cuatro años que murió mi esposa y la amo como el primer día.

- Entiendo. – contestó Sócrates apenas sin voz. ¿Cuál sería la palabra que le faltaba?

Ambos estuvieron sopesando largo rato, ninguno identificaba la palabra que podía faltarle.

Una mujer que llevaba un rato escuchándolos con disimulo, se acercó a ellos portando la solución, algo tímida les dijo.

- Puede… puede que sea AMISTAD la palabra que le falta al señor.

Ambos miraron sorprendidos a la señora que les había sacado de su ensimismamiento. Por la cara de ambos era evidente que la señora había acertado.

- Pues entonces, caballero, no puedo ayudarle AMISTAD es la única palabra que no tengo, hace tiempo que la busco, pero me falta.

- Pero, ¿Cómo es posible que un vendedor de palabras no tenga una?

- No se preocupe, me encargaré de tenerla, si le parece bien, nos volvemos a ver en un mes.

El comprador le estrechó la mano formalizando así el trato.

Tras ese día, Sócrates decidió viajar en busca de aquella palabra que le faltaba. Recorrió numerosos pueblos, ciudades, aldeas, pero todo en vano, vendía sus palabras, pero no era capaz de adquirir la que le faltaba, aquella que le había prometido al comprador.

Lo cierto es que él jamás había tenido esa palabra, sí otras similares, CONOCIDOS, FAMILIARES, pero ni AMISTAD ni AMIGOS. Conoció a muchas personas, todas ellas tenían esa palabra pero ninguno se la vendió.

Pasado un mes, cansado y avergonzado volvió al punto de encuentro.

- ¿Ha encontrado la palabra que buscábamos?

- Lamento mucho decirle que no, de veras lo lamento, jamás me había pasado. – dijo Sócrates más abatido de lo normal.

- ¿Sabe? Este tiempo he estado pensando, tal vez, consigamos esa palabra juntos.

- ¿Cómo?

- Muy fácil, para conseguir la amistad debemos mantener una relación afectiva entre nosotros, el hecho de que ninguno de nosotros posea esta palabra me hace pensar que podamos conseguirla juntos.

Sócrates sopesó la oferta del caballero, y tras unos minutos se dio cuenta de que tenía razón, la única forma de obtener aquella palabra era creándola juntos.

Así fue como el vendedor de palabras obtuvo aquella que la faltaba y ambos juntos recorrieron numerosas ciudades vendiendo sus palabras a cuantos las necesitaban.

15 comentarios:

  1. Plas,plas,plas...impresionante. Tienes mucha creatividad, me has dejado deslumbrado.

    Me ha gustado mucho y no dejes de escribir.

    Un saludo

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  2. jajajajj felicita a Edu, me ha ayudado muchisisisisimo... la verdad me faltaba inspiración.

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  3. Entonces...mis felicitaciones Edu. Si no estas inspirado es mejor no escribir ya que todo lo que plasmas es muy "prefabricado".

    Repito, me gusto mucho el relato.

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  4. No pretendo pero si es asi...ya no digo nada mas.(ya empezamos con nuestro msn particular jajaja).

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  5. jajajjaja yo ofrecí darnos los correos..q ue conste.

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  6. Perdon se quedo sin bateria el portatil.
    Jajaja habia entendido afectiva

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  7. jajajajajaj pues articulé bien... que para eso soy de Audición y lenguaje :P

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  8. jajaja es lo que yo habia entendido.

    Te doy mi msn si quieres, ok?

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  9. oks, pero lo cojo, lo borro y me acuesto.. que madrugo!

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  10. ya está , lo he borrado de aquí!! que si quires lo dejamos jajajajajjaja

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  11. Quedó bien ¿no?

    Un top-manta de palabras...

    Gracias por darle forma a la idea!

    E.


    Pd. Lo de los calcetines de cada color...ejemmm ;) y al final Sócrates...jajajaja

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  12. Dejar de ligar, ejem.... iros a un hotel o algo!

    Muy bueno nena.

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