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jueves, 29 de julio de 2010

20 minutos largos..

Todo el camino de vuelta en metro sintió una sensación extraña. Se sentía observada. “Tonterías mías” pensó, “Tal vez lleve el pelo mal peinado, después de todo el día es normal”. Aun así, sentía aquella sensación. Levantó la vista de su libro, aquel que un buen amigo le había recomendado, echó un ligero vistazo al vagón, nadie la observaba. Decidió dejar de pensar aquellas tonterías y volver a su amena lectura. Como de costumbre llegó a su parada sin terminar la página, una de sus manías terminar cada página antes de cerrar el libro. Caminó sin apenas mirar el suelo (conocía aquel trayecto como la palma de su mano), esquivó a unos y otros y al fin empezó a subir la escalera mecánica. Por suerte antes del último peldaño terminó su página. Guardó el libro en el bolso y saltó el último escalón para escapar de aquella máquina (no era la primera vez que intentaba devorarle los pantalones entre sus dientes metálicos, en el fondo su abuela tenía razón llevar así de largos los pantalones no era bueno).


Siguió caminando en busca de la salida, de la calle, de aire, pues allí dentro el calor espesaba demasiado el ambiente y no se podía respirar a gusto. Caminó pensando que había calculado mal el trayecto y se había adelantado unos 20 minutos a la hora de salida del último autobús (si, combinación fatídica, verano, noche y autobús). Recordó cuantas veces había evitado aquella parada, pues en ocasiones se había encontrado con drogadictos y a pesar de que aquello había quedado en una mera anécdota (Un drogadicto le había explicado que se había hecho “Yonki de la coca-cola” el verano anterior, ella le sonrió pensando jamás volvería a beber coca-cola si le había dejado así.)

Al salir de la boca de metro encontró a un hombre que le resultó familiar. Algo le hizo pensar que le estaba esperando, tal vez la forma de mirarla, tal vez un sexto sentido. Tensó los músculos de su cuerpo como acto reflejo, decidió que era mejor intentar relajarse y apartar aquel pensamiento de si. Fue imposible, pues en cuanto ella giró la salida de metro él comenzó a caminar. A paso lento, unos metros atrás. Ella se dio cuenta, sopesó el terreno, tenía dos opciones acudir a la parada de autobús esos 20 minutos antes dónde apenas había gente o seguir a unos muchachos que había parados unos metros más adelante en el paso de peatones más cercano. Decidió seguirlos, por impulso. Primero amago haciendo ver a aquel hombre que iba a cruzar, él comenzó a caminar, ella frenó en seco y retrocedió unos pasos, él también.

Sin duda la estaba siguiendo, pero ¿Por qué? Repasó lo que llevaba encima, tan solo una bolsa algo arrugada y por la publicidad se podía comprobar que no aportaba nada demasiado valioso. ¿El bolso? Pensó. Descartó la idea, tal y como iba vestida y esa bolsa dejaba claro que en el bolso no podrían encontrarse más allá de unos chicles de fresa (sus preferidos), pañuelos de papel y un monedero más que vacío. Mientras pensaba en ello se dio cuenta de que los chicos de delante le llevaban ventaja, comenzó a cruzar acelerando el paso, sólo le faltaba perder a aquellos chicos y quedarse sola en aquella vacía calle. Ni hecho aposta, aquellos chicos aminoraron el paso y se marcharon cruzando nuevamente otra calle. A ella no le dio tiempo, pues el semáforo tornó a rojo. Con el rabillo del ojo comprobó que estaba detrás. Caminó unos metros hasta acercarse a un chico (estaba solo en la calle). Aquel hombre siguió caminando. Ella sintió alivio y algo de vergüenza al pensar que se equivocaba con él. No la seguía. No obstante aún en alerta aprovechó que caminaba de espaldas a ella para correr y volver al punto de partida, la salida del metro. Cuando ya casi la había alcanzado volvió a verle, estaba buscándola, miraba a uno y otro lado de la calle. Ella corrió hacia un pequeño puesto de chucherías, se escondió tras él. Desde allí observó como ese hombre corría en su dirección buscando a un lado y al otro. Empezó a notar como su corazón latía con más fuerza. ¡La estaba siguiendo! Asustada buscó algún lugar dónde entrar. Nada, allí cerca no había nada, tan solo establecimientos cerrados. Unos taxistas distraídos o dormidos en sus coches. Pensó en coger un taxi para volver, pero recordó que apenas le llegaría el dinero para unos pocos kilómetros. Llamar a casa, pero esta idea la descartó casi al mismo tiempo, no serviría de nada, los asustaría, intentarían ir corriendo a buscarla y encima seguro que terminaban teniendo un accidente, mejor otra idea.

Mientras barajaba ideas aquél hombre se acercaba más a ella. Miró a ambos lados buscando una solución, repentinamente encontró a una chica esperando en otro paso de peatones, se acercó a ella y con apenas un hilo de voz procedente no sabía de dónde le explicó lo que le estaba ocurriendo y le rogó le acompañase a cruzar la calle. Aquella chica accedió, sorprendida al comprobar que él continuaba detrás. Al llegar al otro lado, le aconsejó unirse a un grupo de muchachos que esperaban en una marquesina de autobús, no era su parada pero al menos estaría rodeada. Se despidieron, mientras le agradecía de corazón haberla ayudado.

Unos metros más tarde estaba en la cola, haciendo tiempo a que pasaran aquellos eternos 20 minutos. El hombre continuó caminando, cuando apenas les distaban dos metros, ella comenzó a caminar ¿Por qué seguía ahí? ¿A caso no veía entre cuanta gente estaban? Ella seguía nerviosa, asustada, en alerta, no podía dejar de pensar una y otra vez cosas horribles que podrían pasarle, intentaba buscar alguna solución, alguna salida. Observaba a la gente de la parada en busca de alguna cara conocida, imposible, ella no era de allí.

Nerviosa encontró a un chico fuerte, muy fuerte. Decidió que aquel era el mejor sitio. Sacó su teléfono y llamó a la última persona con la que había estado. Aquella voz amiga le calmó, de pronto todos aquellos nervios empezaban a verbalizarse, impulsándola a relatarle lo pasado, rápidamente, demasiado rápido, su interlocutor apenas entendía lo ocurrido, aun así con algunas palabras intentó calmarla. Ella empezó a notar como unas lágrimas intentaban escaparse, tragó saliva y se serenó. No quería llorar, no merecía la pena, tan solo había sido un susto. Volvió a mirarle y comprobó cómo poco a poco se alejaba de ella, mientras seguía observándola. Finalmente volvió a cruzar la calle y una vez en la cera de enfrente eligió un autobús subió a él y tras unos minutos se marchó. Ella siguió esperando a que llegara su autobús, asustada aún, inspirando más aire del que su pecho era capaz de albergar, intentando así calmarse. Finalmente lo consiguió casi al tiempo en que su autobús llego.

Al fin pasaron aquellos 20 minutos.

3 comentarios:

  1. Joderrrrrrrr que angustía!!!!!

    joder, lo he pasado mal leyendolo,eh?? cansinoooo que no me persigass ajajajajajajaa

    Ha estado genial, de verdad, mientras iba leyendo imaginaba lo q estaba escrito y cada vez me sorprendia más.

    Muy bueno nena

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  2. Ays, qué mal rato. Más de una vez me ha pasado eso, aunque nunca me han seguido de verdad. Vamos, que han sido alucinaciones mías. Soy de las que, efectivamente, cojo el móvil en cuanto no me siento segura y finjo que llamo a alguien, jajajaja.

    Ana, me has tenido en tensión hasta el final, pero suelo ser muy curiosa, no me gusta que las cosas se queden a medias, aunque lo pretendas. Por qué la seguía ese hombre? A quién llamó para tranquilizarse?

    De todas formas... me ha encantado. Pero mi preferido sigue siendo el relato del libro y el metro.

    Un besazo.

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  3. Aiss... no se porqué me seguia. y llamé a Marta, era la última persona con la que había hablado y la que sabía que se lo iba a tomar más tranquilamente.

    Un besito pavonassssssssssss echadme de menosss!!

    Pd. A mi tb es la que más me gusta.. será porque es la más trabajada.

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