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jueves, 17 de diciembre de 2009

Sucesión de errorres


Me puse a caminar sin rumbo fijo, tenía un mal día y simplemente quería no pensar. Es una técnica que suele funcionarme.

Debo deciros que vivo en una ciudad céntrica y caminar pasando desapercibida no es difícil, aun intentando llamar la atención a veces cuesta. De modo que ese día era mi ciudad preferida.
No atendí a la gente que caminaba a mi lado. Solo quería dejar la mente en blanco, lo conseguí. Miraba de vez en cuando los escaparates sin ver más allá de las luces iniciales o los carteles de colores chillones, que supongo anunciaban las rebajas o grandes ofertas.
Camine, sin rumbo, sin reloj y sin conciencia, cruzando calles al azar, doblando esquinas sin saber que me encontraría a la vuelta e importándome un comino lo que me pudiese encontrar.
En ningún momento sopesé mi seguridad, ni mí alrededor. Ese fue mi primer fallo. El segundo, que no fui consciente de la hora ni de que era de noche. No sé si alguna vez habéis caminado por las grandes ciudades, supongo que sí, de modo que sabréis como yo, que la luminosidad de las calles, sobretodo ahora en invierno es bastante buena desde que comienza a anochecer. Por ese motivo no sabría decir si eran las 7 de la tarde o las 11 de la noche.
Mi tercer error, no darme cuenta de que me seguían, absorta en esos pensamientos que intentaba alejar no fui consciente de que alguien doblaba las mismas esquinas que yo, y cruzaba las mismas calles.
Cuarto error, me alejé más de lo debido. Creo que llevaba unas dos horas andando y sin darme cuenta me alejé de la zona que conozco, eso me llevó al quinto error. Terminar en un lugar poco idóneo debo decir que para nadie, pero especialmente para una chica, sola, de noche, desubicada, con su función de alerta desactivada y triste.

Y es así como esta atípica sucesión de errores me llevo hasta aquel punto. Hasta aquel fatídico punto.

A la vuelta de una esquina tome consciencia de la hora que era, de que no conocía aquellas calles y de que tal vez la única forma de supervivencia allí fuese conocer aquellas calles.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo por completo, erizando cada bello de mi piel. Decidí intentar adivinar el camino de vuelta, con paso ligero e intentar pasar desapercibida.
Tarde.

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